
El pensamiento anti plattista cubano ha causado, a lo largo de los años, un enorme daño a la civilidad criolla, a la vida política nacional. Ha sido bastión ideológico de populistas y farsantes, de extremistas y tramposos. Y se ha constituido, en buena medida, en factor causal determinante (me atrevería a decir) de la llegada al poder de un Fidel Castro y toda esa carga de nacionalismo exuberante y reaccionario, como lo fue antes en la proliferación de caudillos y demagogos. Somos, en definitivas, hijos del extremismo más banal.
Obvian los críticos de la implementación plattista que gracias a la intervención clamada por Tomás Estrada Palma en 1906, se evitó la desaparición de una república imbeberbe, novel y belicosa, forjada al calor de cacicazgos, conspiraciones y rumores. Si el alzamiento liberal post electoral, comandado en terreno por Enrique Loynaz del Castillo, Quintín Banderas y Dionisio Arencibia entre otros tantos, no hubiera podido controlarse, quizás Cuba, tal y como la conocemos hoy en día, no habría pasado de ser un sueño calenturiento y tropical.
Algo que suele llamar mi atención es la enorme cuota de oportunismo que desde siempre han manejado quienes se asumen (o asumieron) como antiimperialistas, antinorteamericanos o al menos como anti plattistas. Un ejemplo que puede traerse a colación es el del ex general mambí José Miguel Gómez, quien llegó a la presidencia de la república en 1909 en parte por manejar un discurso dulce a los intereses de quienes priorizaban el antiamericanismo como plataforma política. Recordemos que el simple hecho de criticar y oponerse a la Enmienda Platt definía el carácter nacionalista de cualquier empresa electoral. Pues bien, Gómez, uno de los líderes liberales que se opusieron a Tomás Estrada Palma hacia el final de su mandato, diría con justeza en 1905 y en la misma ciudad de New York que sólo con la presencia norteamericana en la isla podrían celebrarse unos comicios limpios y confiables.
Yo pienso que el carácter del Plattismo, más allá de discusiones existenciales, está imbuido de un sentimiento paternalista (al fin y al cabo un sentimiento de superioridad) por parte de las gobernaciones de la época. Sentimiento que persiste en las administraciones actuales con relación a Cuba, donde se sobrepone muchas veces la moral al pragmatismo. No olvidemos que tras la llegada de dos buques de guerra a costas cubanas tras la petición del gobierno estradista, el presidente Roosevelt se dirigiría en los siguientes términos al pueblo cubano:
“Solemnemente conjuro a los patriotas cubanos para que, unidos estrechamente, ahoguen todas sus diferencias, todas sus ambiciones personales, y recuerden solamente que el único medio de conservar la independencia de la República es evitando a todo trance que surja la necesidad de una intervención del exterior para rescatarla de la anarquía y la guerra civil”.
Roosevelt toca un punto esencial al referirse a las ambiciones caudillistas que ya desde entonces corroían a la sociedad política cubana. Reconoce el mal supremo que predominaría (y predomina) en la república y advierte sobre ello con tono paternal. De hecho, el propio gabinete de combate, planificador del fraude electoral de 1906 y responsable de la polarización política de la época, rechazaría a los comisionados Bacon y Taft y los consideraría como enemigos. Toda gestión realizada por el gobierno norteamericano, antes y durante la ocupación, estuvo encaminada a enrielar a la democracia en Cuba y a sostener, de manera forzada, a una república naciente y titubeante. De hecho, la organización partidista futura de la isla se gestaría durante la administración norteamericana: los liberales se fusionaron en un solo partido y se creó el partido conservador nacional. La república mambisa, al decir de Carlos Alberto Montaner, sería deudora, más en éxitos que en fracasos, del gobierno de Magoon. Y si las elecciones del 10 de agosto de 1908 pueden considerarse como ejemplares, se debe en buena medida a la voluntad del gobierno norteamericano de garantizar una república cubana.
Foto: William H Taft