Cuba y el tribalismo, breve apunte.
Publicado por Camilo López Darias en Julio 9, 2008

Cuba fue la última nación del continente en librarse de la esclavitud y del terrible yugo del colonialismo español. Pero las libertades del negro esclavo primero, y del criollo después, fueron sólo formales. Es decir, funcionaron únicamente a nivel político y no intelectual. El afán colectivista y el sentido de tribu, también heredados del ilustrismo europeo del siglo XIX, persistieron durante la república e incluso, escalaron a nivel superlativo durante la instauración y el desarrollo del castrismo como corriente política.
La libertad del hombre como preciado bien nos ha resultado ajena a lo largo de nuestra historia socio-cultural. La individualidad, verdadera esencia de la justicia más básica, ha resultado ser aplastada y subyugada por la eterna tendencia al tribalismo social. Ayn Rand ya establecía estos puntos en relación al viejo continente (en un ejercicio comparativo con el real liberalismo norteamericano) en un trabajo suyo publicado en “The objetivist newsletter”, allá por 1965. Extrapolarlo en cierta medida a la realidad cubana es ejercicio posible, pues al igual que en Europa, la eterna relación de las regencias criollas con la propiedad privada (símbolo principal de la verdadera libertad) ha sido ambigua en la primera mitad del siglo pasado y decididamente aberrante durante la etapa política del castrismo. La caída de Machado y la llegada al poder de los gobiernos auténticos (Grau primero y Prío después) establecerían un colectivismo espiritual (compendio de todo lo sucedido antes) que nos sobrevive hasta hoy en día. El resultado de tanto infortunio es conocido por todos.
En Cuba la emancipación social tomó caminos equivocados. El hombre pasó de ser esclavo de la España colonial a esclavo del gobierno absoluto, del populismo de las masas y de los erróneos conceptos de justicia que se enarbolaron tras el cese del tutelaje hispano, y muy sobre todo tras la llegada al poder del socialismo criollo. Ahora pagamos las consecuencias, incalculables en términos humanos y políticos.
Hoy en día numerosas organizaciones que de una u otra forma abogan por la libertad de la isla también comenten el error de preferir un discurso donde el colectivismo se impone una vez más a la individualidad. Hay hasta quienes hablan de preservar “logros sociales” de la “revolución” en vez de trazar políticas donde la libertad absoluta del hombre se imponga sobre el concepto de estado poderoso. De mantenerse tendencias como estas se corre el riesgo de repetir, conceptual y espiritualmente, el fantasma del castrismo. Y es algo que no debemos de permitirnos bajo ningún término.
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Solemos estructurar a la historia en torno de un tronco común: lucha y redención, y luego, la llegada de la luz y la derrota de la oscuridad y la miseria. Sí, por regla general le asignamos un carácter teológico y revolucionario al presente existencial, aunque dicho presente no sea estrictamente político. Y en el caso del cubano llega a adquirir características mesiánicas. Ello explica la proliferación en el exilio miamense de numerosas organizaciones que, al decir del ensayista Armando de Armas, se apropian del “verdadero carácter revolucionario” del proceso histórico de la isla. Son los baluartes de la “revolución traicionada”, donde caben desde el ex comandante Hubert Matos hasta la brigada 2506 y los antiguos miembros del Directorio Revolucionario.


Tras cada confrontación ideológica suscitada a lo largo y ancho del mundo puede atisbarse, al menos por una de las partes y sus sostenedores, ese sentimiento antiamericanista que a menudo se confunde con las verdaderas ansias de libertad y justicia, objetos de alusión a lo largo de la historia desde que se tiene memoria. La guerrita sureña del momento, preñada 



